viernes, 16 de noviembre de 2012
LA TEFILÁ CAMBIA LAS LEYES DE LA NATURALEZA
Horario (Bs As) Encendido Velas de Shabat 16/Nov/12 19:22 Hs. - Motzaei Shabat 17/Nov/12 20:21 Hs.
Parasha Toldot
BS"D
El primer Pasuk (versículo) de nuestra Perashá comienza así: “y estas son las generaciones de Abraham, Abraham tuvo a Itzjak” (Bereshit xxv 19). Rash”í comenta al respecto, que después de que HaShem le cambió el nombre a Abraham (antes se llamaba Abraham), este engendró a Itzjak.
Llama la atención este comentario: Ya sabemos que HaShem le había cambiado el nombre a Abraham (lo relata la Torá en la Perashá Lej Lejá) en ocasión de haber sido encomendado a la Mitzvá (el precepto) de Milá, y fue un año antes que naciera Itzjak. Además, ¿que nos enseña el hecho que recién después de que le fue cambiado el nombre tuvo a Itzjak?
Podemos explicarlo de la siguiente manera: En esta Perashá se reseñan las generaciones de Itzjak. Vemos que Itzjak y Ribka (su esposa) eran al principio estériles, y sólo después de que elevaron sus plegarias hacia HaShem y Él les respondió, pudieron engendrar hijos. Por eso en la primera parte de la Perashá se relaciona a Itzjak con Abraham: Para decirnos que así como con Abraham hubo que cambiarle el nombre para que tenga un hijo y este hijo vino al mundo de manera antinatural, también lo fue con Itzjak, quien tuvo que rogarle a HaShem para que lo transforme de estéril a fértil.
Con Abraham, HaShem cambió las leyes de la naturaleza para que tenga un hijo. Abraham que sabía leer los astros le dijo una vez a HaShem: “Mis cartas astrales me dicen que yo no podre tener hijos”. Entonces HaShem le replicó “¡Abraham! El Am Israel puede librarse de la influencia astrológica. ” Te cambiare el nombre a ti y a tu esposa (ella se llamaba Sarai y luego se llamó Sara), y les cambiará la suerte.
Con Itzjak y Ribká pasó algo parecido: ellos eran estériles, de acuerdo a la lógica y a la naturaleza no podían tener hijos, pero no bajaron los brazos, insistieron en sus rezos y al final HaShem les concedió el fruto de su vientre.
Todo esto es para decirnos que la existencia del pueblo judío siempre será como en sus orígenes: En contra de la lógica y de las normas naturales. El Am Israel podrá librarse de la influencia astrológica, si su suerte le es adversa. HaShem producirá milagros, y cambiará todo lo que le está destinado, cuando el Iehudí eleve sus plegarias al cielo.
HaShem ansía escuchar la Tefilá (plegaria) de Sus Tzadikim (Justos).
En la Guemará (Masejet Iebamot 64.) está escrito: “¿Por qué nuestros patriarcas fueron estériles (los primeros años de sus matrimonios)? Porque HaShem quería escuchar sus plegarias”.
(Beer Yosef -Toledot)
MITZVA SOLO POR MITZVA
Rabí Shemuel Bar Zustrá, un Emorá (sabio de la época talmúdica), de l tercera generación vivía en la tierra de Israel y era compañero de estudios de Rab Abhu.
En el Talmud Ierushalmi se cuenta que en cierta ocasión viajó a Roma en una misión comunitaria, precisamente en momentos en que la reina perdió una joya de gran valor. Rabi Shemuel encontró la joya. Pronto oyó el comunicado del palacio que proclamaba que quien encontrase la joya y la devolviese al palacio dentro de treinta días sería agraciado con dignas recompensas de la casa real. Más quien encontrase y devolviese la gema luego de treinta días, sería condenado con la pena de muerte.
El anunciante repitió el edicto varias veces, y alrededor suyo se congregó un gentío que debatía los detalles de la pérdida de la reina.
En sus diálogos intentaban adivinar quién sería el afortunado que encontraría la joya extraviada, la devolvería a su aristócrata dueña y se haría acreedor de la recompensa. “¡Cuan ricamente se vería retribuido!”Suspiraba ya le genta con marcado sentimiento de envidia.
Rabi Shemuel prestó atención a los por, menores del asunto en silencio. Introdujo su mano en su bolsillo y allí sintió al tacto la fina presión de la piedra preciosa. Sabía que esta era la piedra extraviada por la reina, tal como tenía conocimiento de la gloriosa retribución que lograría, d presentarse de inmediato en el palacio.
Pero no tenía apuro.
Un día sucedió al anterior, y así una semana tras otra. Rabí Shemuel oía el anuncio que prometía un suculento premio para quien regrese la joya a su dueña, así como la trágica suerte que correría quien lo hiciere luego de los treinta días estipulados como plazo.
La población de Roma se encontraba tensionada, a la espera del día prefijado. Sólo Rabí Shemuel Bar Zustrá permanecía tranquilo y sereno en tanto jugueteaba con la jema en su bolsillo…
El día treinta llegó. Era el último día en que la piedra podía ser devuelta a su dueña y obtenerse el magnífico premio prometido.
Rabí Shemuel extrajo la piedra de su bolsillo, permitió que el sol arrancar de ella los matices más exóticos… y devolvió a su bolsillo.
Al día siguiente –el treinta y uno-, tan pronto como concluyó sus plegarias matinales, Rabí Shemuel aceleró su paso hacia el palacio.
“Di a la reina”, pidió a los guardias apostados en la entrada, “que un anciano judío desea verla y decirle dónde se encuentra la joya que ha perdido.”
El guarda entró al palacio, regresando con la orden de traer al judío consigo.
“Tengo el sumo placer, honorable alteza de devolverte tu piedra preciosa, dijo Rabi Shemuel, al tiempo que extraía la joya de su bolsillo y alcanzaba a la sorprendida soberana de Roma.
La reina perdidas las ilusiones de reencontrarse con la piedra más querida de sus alhajas, miró con respeto al anciano judío. Pero pronto se despertó en ella la sed de venganza. Hoy era el día treinta y uno de la proclama…
“¿Cuándo has encontrado al joya?”, preguntó enérgicamente.
“Hace treinta y un días” respondió Rabí Shemuel.
“¿Has estado en Roma todo el tiempo?”
“Si alteza, estuve en Roma todo el tiempo”
“¿acaso no has oído la proclama diaria durante estos treinta días?”
“Si he oído la proclama”, replicó Rabi Shemuel impasible.
“Siendo así, ¿Por qué has puesto en peligro tu cabeza, en lugar de hacerte acreedor al premio prometido?”. Preguntó la reina, dudando si el judío estaba en su sano juicio o no…
“Alteza, respondió Rabi Shemuel, si yo hubiera devuelto la piedra preciosa en el curso de los treinta días, ello habría dado lugar a pensar que mi devolución se debía a que tenía miedo de ti, es decir del reinado, o mi codicia y afán de recibir el premio prometido, bastante generoso por cierto. Pero no he devuelto lo que me encontré por ninguno de estos dos motivos. Por lo contrario, la única y simple verdad es que ha si me lo fue ordenado por nuestra Torá. La Torá nos ordena a los judíos devolver un objeto perdido a sus legítimos dueños, cualesquiera sean, pobres o ricos, reyes o plebeyos. Nosotros los judíos nos sentimos dichosos de devolver un objeto perdido sin premio alguno. Más aún, estamos dispuestos a morir, a fin de guardar celosamente los preceptos de nuestra Torá…”
“Dichosos vosotros, los judíos, por poseer una Torá tan maravillosa ¡Bendito sea el D” de los judíos!”, exclamó la reina emocionada.
(Cuentos de Distintas Épocas pag 60)
(“HAMAOR”; Tomo 2; Kolel MAOR ABRAHAM-KÉTER TORÁ; Ediciones HAMAOR-MÉXICO;