martes, 3 de enero de 2012

El inefable iluminador del pasado

El inefable iluminador del pasado
Por: Yoel Schvartz


A partir de la publicación en Israel de una nueva novela de Itzjak Bashevis Singer, el autor reflexiona sobre la forma en que se articula el universo ficcional de este autor con los modos de representación del pasado judío de Europa oriental. Contra la mirada romántica e idealizada de ese pasado se propone una visión humanista y despojada de mitologías.

La publicación, en 2011, de la nueva novela de un escritor que lleva veinte años muerto, tiene visos de artilugio borgiano. Sin embargo, en Israel acaba de publicarse por primera vez en formato de libro “Yarma y Kehile”, una novela que Itzjak Bashevis Singer publicara en yidish y en forma de folletín por entregas en la Nueva York de los años `50. Bashevis falleció en 1991, y la aparición de esta novela nos brinda una nueva oportunidad de redescubrir la prosa de este judío varsoviano en cuyo complejo retrato de la vida judía de entreguerras reverbera una pasión humanista indiscutible.

El retrato descarnado y a al mismo tiempo lleno de compasión en el que Bashevis rememora su Varsovia de principios del siglo XX, esa ciudad provinciana del Imperio Zarista que se sueña Europa, ese cosmos alrededor del patio del conventillo de la calle Krojmalna 10, en el que su padre oficiaba de juez y mediador, en poco o nada se parece a la imagen que solemos tener del pasado judío en Europa Oriental.
Yarma y Kehile son personajes típicos de ese universo Bashevis: el ladrón que cita la Biblia y rememora a los tumbos un pasado de estudiante perezoso, y la prostituta de buen corazón que sueña con acceder a la calma de una vida acomodada. Junto a ellos el retrato de Bunem, el amor imposible de Keile, el antiguo estudiante talmúdico que ya no cree, que se ha “liberado del peso de los Mandamientos” y gira alrededor de una búsqueda incesante de sentido. A su alrededor, una calle judía en la que el hampa se mezcla con las clases pudientes, en la que cafishios y asaltantes acuden a espectáculos de vodevil traídos de Broadway mientras sueñan con esa América, la del norte, al tiempo que comentan las noticias de los conocidos instalados en los burdeles del Sur, en Buenos Aires y en Montevideo. Un mundo en el que judíos portadores de una miseria ancestral envidian, desprecian y a su modo repiten, los gestos advenedizos de una burguesía judía incipiente que busca encajar en la sociedad a cualquier precio.

Esta novela, perteneciente al ciclo de “Novelas de Varsovia”, completa póstumamente y vuelve a recrear un cosmos cuyos contornos abarcan desde la Ucrania del siglo XVII, bellamente novelada en “El Esclavo”, pasando por la recreación de las tradiciones pietistas o jasídicas con su mundo de dybbuks y demonios, como en “Satán en Goray” y decenas de cuentos, y hasta el intento de recreación de ese mundo perdido en el torbellino americano en “Sombras sobre el Hudson”. Bashevis, cual un moderno Diogenes yidishista, ilumina con su linterna los márgenes, las fronteras físicas y sociales de ese mundo judío inexorablemente destruido en la Shoá pero cuya memoria y resiginificación permanente constituyen en gran medida el abono de nuestro propio mundo. Basta con ver hasta qué punto la imagen estereotipada e idealizada del judaísmo de Europa Oriental constituye el universo simbólico y normativo de corrientes religiosas que se canonizan como lo genuino. De allí la relevancia critica de volver y revolver sobre ese pasado al que Bashevis despoja de sus contornos míticos.

No exactamente un violinista sobre el tejado
La profunda humanidad del relato de Bashevis, su realismo lleno de compasión por sus personajes desgarrados, no lo hacen por eso menos crudo en el retrato de pasiones y envidias, de crímenes y traiciones, de violaciones truculentas y de actos incomprensibles de violencia y despojo, junto a actos sublimes de altruismo y entrega. Bashevis es un autor que permanece incorruptible a la romantización idealizada del pasado judío, a esa visión folclorista de una sociedad armónica cuyos conflictos giran casi exclusivamente en torno a la centralidad de la “tradición” frente a un mundo “exterior” amenazante.
Su retrato de la sociedad judía de Europa Oriental difiere radicalmente del de Abraham Joshua Heschel, su contemporáneo, quien en “La Tierra es del Señor” retrata ese pasado judío como un dechado de democracia, solidaridad y libertad de expresión, ideales que serán destruidos precisamente por la racionalidad instrumental de la Modernidad.

Esa idealización de la “comunidad orgánica” se encuentra también en la exaltación del jasidismo ensayada por Martin Buber. Me atrevería a decir que el escritor Bashevis Singer consigue penetrar a un terreno al que los historiadores se asoman y al que los filósofos o teólogos tienden a ignorar casi por completo: el vasto terreno que se extiende más allá de los textos apologéticos creados por las elites. No es casual que Heschel construya una imagen del pasado a partir de los textos canónicos de la Halajá, ni que Buber parta de la hagiografía de los líderes jasídicos. Se trata en ambos casos de la imagen que escriben de sí mismas las minorías letradas. Y en la que sólo tangencialmente y a duras penas consigue reverberar un eco de las variedades de la experiencia de vida de los judíos concretos, los judíos de “seis días a la semana” que mentaba Carlos Marx, en contraposición al “judío de los Sábados” que ocupa a los teólogos.

Siguiendo aquella recomendación de Walter Benjamin que llamaba a peinar la Historia a contrapelo para encontrar en ella las alternativas perdidas y recuperar así la memoria de los vencidos del pasado, es probable que convenga en nuestros días peinar a contrapelo también la Literatura y rescatar a un Bashevis Singer. Es posible, (sólo posible, pero vale la pena intentarlo) que su férreo humanismo, su mirada compasiva, su humor iconoclasta y desmitificador, puedan ser herramientas correctivas de la onda de oscurantismo que en nuestros días recorre las avenidas del Judaísmo tanto en unas cuantas Diásporas como en Israel.

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