lunes, 23 de julio de 2012

Nuevamente atentan contra los derechos de las minorías


NUEVA SION Acerca de la prohibición del brit milá en Alemania


Cuando el tribunal de Colonia penalizó la circuncisión de varones por motivos religiosos por considerarla un daño contra la integridad física, no estableció ningún precedente, dado que hace muchos siglos ya hubo prohibiciones similares, aunque con otros pretextos. Por eso, y ante la evidencia de que en la Europa del siglo XXI se segrega a las minorías étnicas, con los musulmanes como la cara más visible de la discriminación, el autor se pregunta si no estamos frente a una manera sofisticada de invitar a quienes siguen cumpliendo sus costumbres ancestrales a buscar otro lugar de residencia, pero sin parecer xenófobos ni hostiles hacia los inmigrantes.
Por Rabino Yerahmiel Barylka (Israel)

Es importante tratar de desentrañar las verdaderas razones que empujaron a los jueces alemanes a dictar su fallo. ¿Cuál es el valor que protegen? Además de la recurrencia a las normas del Derecho Penal que hasta ese momento no prohibían esa cirugía ni por razones médicas ni religiosas, ¿Existe alguna razón no declarada en el fallo? ¿Cuál es la ética que guió a los jueces? ¿Qué abstracciones hicieron para llegar a sus conclusiones? ¿Cuál es su fuente moral, si es que usaron alguna abierta o veladamente, o si acaso son alumnos de Hans Kelsen, que se conformaba con la pirámide normativa que llevó su nombre para el establecimiento del Derecho, sin cuestionar su moralidad?

Recordemos que fue Antíoco IV quien en el año 167 antes de la Era Común, ordenó la pena de muerte para los mohalim –los circuncidores- y los circuncidados. El Libro de los Macabeos nos dice que el rey “promulgó un decreto en todo su reino, ordenando que todos formaran un sólo pueblo y renunciaran a sus propias costumbres. Todas las naciones se sometieron a la orden del rey y muchos israelitas aceptaron el culto oficial, ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado; los holocaustos debían suprimirse en el Santuario; los sábados y los días festivos debían ser profanados; los niños no debían ser circuncidados”.
La letra del texto nos brinda el razonamiento: “Todos formarán un solo pueblo y renunciarán a sus propias costumbres”, para así unificar a los residentes y lograr conducirlos con mayor facilidad una vez que borraran los elementos de su identidad.

Los griegos y los helenistas adoraban el cuerpo en su integridad y percibían que la circuncisión lo mutilaba y lo deformaba afeándolo. Ellos practicaban sus deportes desnudos y las clases de gimnasia en las escuelas se hacían sin ropas. Los judíos quedaban así separados de la polis, al grado que los asimilados intentaban reconstruir el prepucio quirúrgicamente para poder recibir sus derechos. Nada nuevo pese a lo revolucionario que habrá sido en su tiempo, al grado que obligó a que los mohalim cambiaran posteriormente la técnica para evitar la reconstrucción quirúrgica del prepucio.

El cristianismo ya había abolido la circuncisión en tiempos de Pablo. Leemos en el texto de Corintios 7:17-18: “Sólo que, según el Eterno haya dado a cada uno una porción, así ande cada uno según lo ha llamado Dios. Y así ordenó en todas las congregaciones. ¿Fue llamado algún hombre en estado de circuncisión? No se haga incircunciso. ¿Ha sido llamado algún hombre en incircuncisión? No se circuncide”. El Evangelio relata la aceptación de todos los que deseen ser cristianos, sin exigir a unos circuncidarse y a otros estirar sus prepucios para restaurar el pene a la apariencia anterior a la circuncisión. Necesitaba de nuevos adeptos y no deseaba dar razones para que el ingreso sea más dificultoso. Con ese acto terminó divorciándose del judaísmo.

Los romanos heredaron de los helenistas su aversión por las personas circuncidadas, pero cuando aplicaron su dominio sobre Judea no se apuraron en restablecer las prohibiciones que habían existido. Sin embargo, bajo el gobierno de Adriano aplicaron las normas de Cornelio, quien decretó la sicariis et veneficis (ley Cornelia sobre apuñaladores y envenenadores) en el año 81 antes de la Era Común para apagar la rebelión, y extendieron la prohibición de castración a la realización de la circuncisión.
Después del fracaso de la rebelión de Bar Cojba, los decretos de Adriano ordenaron la prohibición del cumplimiento de muchos mandamientos, entre los que se encontraba la circuncisión. A su muerte, su sucesor, Tito Aurelio Antonino Pío, autorizó en el año 138 la circuncisión de los recién nacidos, pero no hizo lo mismo con los adultos por temor que se conviertan al judaísmo.
Nuevamente revelamos el razonamiento. Por un lado, el culto al cuerpo como entre los griegos; por el otro, borrar toda señal que identificaría a los que intentaron rebelarse contra el Imperio y sus sucesores, particularmente para impedir que nuevos prosélitos se unan a los rebeldes e intenten una nueva sublevación.
Preocupación por el futuro
Cuando la mayoría de los alemanes respalda la sentencia de la Corte de Colonia y considera que la milenaria práctica judía debe ser detenida, aclarando muy comedida y cautelosamente que el juzgado no debe temer ser tildado de antisemita u opositor de religiones, como sucedería si una decisión tal fuese tomada por la política, necesitamos preguntarnos: ¿cuál es el valor que defienden y por qué necesitan aclarar que los jueces están exentos de racismo, segregación o de discriminación?

No es secreto cuál es el sentimiento de la mayoría alemana y quizás el de toda Europa frente al multiculturalismo y a los inmigrantes que llegaron a ese continente en búsqueda de sustento, particularmente respecto a los inmigrantes musulmanes que también practican la circuncisión a sus hijos, al igual que los judíos.
¿Pueden los nuevos alemanes aceptar el cuerpo del otro tal cual fue creado con sus pigmentos diferentes? ¿Son capaces de admitir que las partes íntimas del otro sean diferentes a las propias? ¿Qué su idioma suene distinto? ¿Qué sus ropas no se asemejen a los de esa mayoría? ¿Qué coman otros alimentos? ¿Que usen otros perfumes? ¿Qué recen a otros dioses? ¿Qué faenen a los animales que van a consumir de otra manera?
¿Se dan cuenta que no hacen más que repetir -seguramente en forma inconsciente- lo que ya habían pensado que borraron de su memoria histórica conscientemente?
¿Acaso no estamos frente a una manera sofisticada de invitar a quienes siguen cumpliendo sus costumbres ancestrales a buscar otro lugar de residencia, sin que parezcan prejuiciosos, racistas, xenófobos, hostiles a los inmigrantes y discriminadores? ¿No se huelen tras esa declaratoria judicial, los prejuicios, recelos, odios, fobias y rechazos contra el otro?

No es necesario saber mucho de historia para recordar las consecuencias para el mundo de todos quienes tuvieron invitaciones de ese tipo. Fue el gran rabino de Gran Bretaña, Jonathan Sacks, que frente a la canciller Angela Merkel y otros dignatarios europeos dijera hace pocos años que: “La experiencia de los judíos en ese continente había añadido varias palabras al vocabulario humano, términos como expulsión, conversión forzada, inquisición, autos de fe, libelos de sangre, guetos y pogromos”, y que después de ese pasado, estaba preocupado por el futuro.
Muy pocos años pasaron desde ese encuentro y un tribunal alemán decide juzgar a quien haga el brit milá a un niño, aún si se tratara de un médico, conmoviendo de esa manera el ritual más importante del judaísmo. En ese futuro que es presente, aparece un nuevo-viejo término: la prohibición de vivir según la fe y los mandatos del judaísmo en ese territorio. Junto a él surge otro no menos grave: los jueces determinan cómo deben verse las partes pudendas y privadas de los residentes en ese país.

Lo que sucede en Europa nos debe preocupar como judíos también cuando algunas de las normas contra las minorías étnicas no están dirigidas directamente contra el judaísmo. Cuando el parlamento holandés votó de forma mayoritaria contra la faena ritual de animales, un rito obligatorio para que los judíos puedan comer carne vacuna u otra, afectó a un millón de musulmanes y a sus 40.000 judíos, uniéndose a Luxemburgo, Suiza, Suecia y Noruega. Las razones aparentes eran encontrar la manera de tratar mejor a los animales en su faena, pero la prohibición de la faena halal que hacen los matarifes rituales musulmanes, y la proscripción de la shejitá judía, impide que esos dos grupos minoritarios puedan consumir la carnes según sus creencias.
En Europa del siglo XXI se segrega a las minorías étnicas, y las víctimas más visibles son los musulmanes, a quienes el destino une a los judíos en esas acciones.

No importa que esa discriminación se haga bajo el manto del término “Derechos Humanos”, en cuyo nombre, bajo el acápite de “Derechos del Niño”, la corte germana prohíbe la circuncisión a sabiendas o no, que de esa manera expulsa a los judíos de su país o les obliga a que renuncien al derecho inalienable de cumplir con sus principios religiosos milenarios.
El argumento de que el bebé no puede dar su consentimiento a que le sometan a la circuncisión fue respondido por nuestros sabios hace ya muchos años, cuando dijeron que cuando el bebé alcanza a ser padre y decide circuncidar a su hijo no hace más que dar su consentimiento retroactivo por el brit que le hicieron. Como si un bebé pudiera dar su consentimiento para ser sometido a una cirugía de corazón abierto que le salvaría la vida, y las cortes impidieran la intervención de los médicos.

La circuncisión no es un accesorio estético al cuerpo humano, ni siquiera, pese a que está más que comprobado, es considerado por el judaísmo como una ayuda para una vida con menor riesgo de contraer ciertas enfermedades. No es un mandato de la profilaxis médica, sino una orden religiosa que significa el pacto de un pueblo con su Di-os.
Los miembros de la corte de Colonia, y quienes festejaron su fallo, que dieron una puñalada a los derechos de quienes eligen vivir según sus tradiciones en el territorio de su circunscripción, deberán dar cuentas a sus conciencias.

Si las normas legislativas o si los fallos judiciales –como dicen sus autores-, no están dedicados a castigar o a expulsar a los judíos sino a defender los “Derechos Humanos” de los animales faenados o de los bebés, pero, de esa manera se afectan los derechos de las minorías musulmanas y de rebote las de los judíos, debemos ser los primeros en salir a protestar para defender a las otras minorías y a nuestros propios derechos.
Y los judíos deben hacerlo en primer lugar, no importa si viven en Europa o en América Latina, regón que rápidamente asimilará los “avances de la cultura europea”, no sea que también quienes se creen fuera de la geografía y del tiempo se vean afectados. Tenemos demasiada memoria de cómo finalizaron esas medidas como para pasar por alto su repetición y ser indiferentes a los aplausos que recibe.
Cuando se socavan los derechos de una minoría, se terminará quebrantando los de otra.

La lucha por el brit milá, es la lucha por los derechos de la humanidad y en lo íntimo por la supervivencia del pueblo de Israel, se encuentre donde elija estar, hasta su reunión en Sión.
Debemos hablar claramente y demostrar nuestra protesta, antes que esas medidas se extiendan y hagan al mundo todo nuevamente inhabitable.