martes, 26 de agosto de 2014

Los espacios vacíos de Gaza.

Los espacios vacíos de Gaza. Por Alan M. Dershowitz


¿Cuántas veces han oído en televisión o han leído en la prensa que la Franja de Gaza es “la zona más densamente poblada del mundo”? Sn embargo, repetir esa afirmación no la hace cierta. Hay partes de Gaza con una alta densidad de población, sobre todo Gaza City, Beit Hanun y Jan Yunis, pero hay otras, entre esas ciudades, donde la densidad es mucho menor. Miren en Google Earth, o en este mapa de densidad de población.

El hecho de que existan esas zonas poco pobladas en la Franja de Gaza plantea algunas cuestiones importantes desde el punto de vista moral: en primer lugar, ¿por qué los medios no muestran los espacios relativamente abiertos de la Franja? ¿Por qué sólo muestran las ciudades densamente pobladas? Hay varios motivos posibles. En las zonas poco pobladas no hay combates, así que mostrarlas resultaría aburrido. Pero ésa es precisamente la cuestión: mostrar áreas desde que las que Hamás podría estar lanzando cohetes o en las que podría construir túneles, pero donde ha preferido no hacerlo. O quizás la razón por la que los medios no muestran estas zonas es porque Hamás no les deja. Ésa también sería una historia digan de ser contada.

En segundo lugar, ¿por qué Hamás no emplea las zonas poco pobladas para lanzar desde allí sus cohetes y construir sus túneles? Si lo hiciera, las víctimas civiles palestinas descenderían radicalmente, pero el porcentaje de terroristas muertos aumentaría de manera espectacular.

Por eso, precisamente, Hamás elige las zonas más densamente pobladas para excavar y disparar. La diferencia entre Israel y el movimiento islamista es que el Estado israelí emplea a sus soldados para proteger a sus civiles, mientras que Hamás utiliza a sus civiles para proteger a sus terroristas. Por eso la mayoría de las bajas israelíes han sido soldados y las de Hamás, civiles. El otro motivo es que Israel construye refugios para sus civiles, mientras que los islamistas palestinos sólo los construyen para sus terroristas, tratando que la mayoría de las víctimas se cuenten entre sus escudos humanos.

La ley está clara: usar civiles como escudos humanos –como establece el manual de combate de Hamás– es un crimen de guerra absoluto. No hay excepciones ni es cuestión de grado, sobre todo cuando hay alternativas. Por otra parte, disparar contra objetivos militares legítimos, como cohetes y túneles terroristas, está permitido, a menos que el número previsto de bajas civiles sea desproporcionado respecto a la importancia militar del objetivo en cuestión. Es una cuestión de grado y de juicio, que a menudo resulta difícil de calcular en medio del fragor de la guerra. La ley también es clara estableciendo que cuando un criminal toma un rehén y lo utiliza como escudo tras el cual dispara contra civiles o policías, si el policía devuelve los disparos y mata al rehén el culpable de asesinato es el criminal, no el policía. Así sucede también con Hamás: cuando emplea escudos humanos y los militares israelíes devuelven los disparos y matan a alguno de los escudos, es Hamás el responsable de sus muertes.

La tercera cuestión de índole moral es: ¿por qué Naciones Unidas trata de cobijar a civiles palestinos justo en mitad de las zonas desde las que dispara Hamás? El Movimiento de Resistencia Islámico ha decidido no utilizar las zonas menos densamente pobladas para lanzar cohetes y excavar túneles. Por eso, la ONU debería servirse de estas zonas poco pobladas como lugares de refugio. Dado que la Franja es relativamente pequeña, no resultaría difícil trasladar a los civiles a esas zonas más seguras. Debería declararlas libres de combates y construir allí refugios temporales –tiendas de campaña, si fuera necesario– como lugares de asilo para los habitantes de las abarrotadas ciudades. Debería impedir que en esos santuarios entraran combatientes de Hamás, cohetes o constructores de túneles. Así, la organización terrorista no podría usar escudos humanos e Israel no tendría motivo alguno para disparar sus armas ni remotamente cerca de esos santuarios de Naciones Unidas. El resultado neto sería un considerable número de vidas salvadas.

Pero, en vez de eso, Naciones Unidas le hace el juego a Hamás cobijando a civiles justo al lado de sus combatientes, armas y túneles. Luego, la ONU y la comunidad internacional acusan a Israel de hacer precisamente lo que Hamás pretendía que hiciera, es decir, disparar contra sus terroristas y, al hacerlo, matar a civiles protegidos por el organismo internacional. Es un juego cínico el que juegan los terroristas, pero no les saldría bien sin la complicidad de las agencias de la ONU.

La única forma de asegurarse de que la estrategia de Hamás de emplear escudos humanos para maximizar las víctimas civiles no se repite una y otra vez es que la comunidad internacional, y sobre todo la ONU, no la animan y favorecen, como están haciendo ahora. Debe aplicarse la legislación internacional contra la organización terrorista por su doble crimen de guerra: usar escudos humanos civiles para disparar contra objetivos civiles israelíes. Si se pusiera fin a esa estrategia, entonces Israel no tendría que responder en defensa propia. Aplicar las leyes de guerra sólo a los israelíes no servirá de nada, porque cualquier país que se enfrente a cohetes y túneles destinados a atacar a sus civiles contraatacará. Cuando los combatientes y los constructores de túneles se ocultan tras escudos humanos, es inevitable que causen víctimas civiles –no intencionadas por parte de Israel, pero sí por la de Hamás–, independientemente del cuidado que tengan los defensores. Israel ha tratado por todos los medios de minimizar las bajas civiles. Hamás ha hecho todo lo posible por maximizarlas. Ahora Naciones Unidas y la comunidad internacional deben tratar con todas sus fuerzas de convertirse en parte de la solución, no del problema.

* Alan M. Dershowitz, es abogado, profesor de la Escuela de Derecho de Harvard y escritor. Autor de numerosos artículos, ensayos, entre ellos The Case for Israel (2005), y obras de ficción (The Trials of Zion, 2010).

Fuente: Gatestone Institute

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